Este cuadro es un viaje a mi adolescencia, cuando mis padres tenían una chacra en La Estiva, una zona del interior departamental llena de vida y naturaleza. Recuerdo los montes nativos, los caminos de tierra rojiza y la sensación de libertad en cada rincón. Cada pincelada es un pedazo de memoria, un reflejo de aquellos días donde el tiempo parecía ir más lento y la conexión con la tierra era pura. Lienzo 40 x 50 acompaña marco blanco.